En el artículo anterior hablábamos de qué deben leer nuestros niños y niñas. Pero nos quedan al menos otras tres preguntas al respecto tan importantes o más que esa. ¿Existe un momento del día idóneo para  leer? ¿Cómo hay que leer? ¿Dónde es más oportuno leer? Vamos a intentar responder a todas ellas, antes de que la angustia se nos lleve por delante.

¿Cuándo leer?

Ay, es que mira que a mí me gusta leer, pero claro, no tengo tiempo. Tengo tantas cosas que hacer…

¡Cuántas veces no habremos oído (o dicho) una frase similar a ésta! No tengo tiempo, tengo mucho por hacer, estoy muy ocupada, etc. Y probablemente esas personas bajitas que tanto nos preocupan nos oigan y reproduzcan esos mismos comentarios (aunque tal vez lo que las ocupa en realidad es el último streamer de moda, pero viene a ser lo mismo).

Permitidme que parafrasee nuevamente a Daniel Pennac. Que sí, que ya lo sé, que soy un pesado con ese maravilloso libro que es Como una novela, pero es que si no lo habéis leído aún, no sabéis lo que os estáis perdiendo.

El tiempo para leer no existe. Nunca hay tiempo para leer. La vida es un continuo obstáculo para  la lectura. Pero es que, si nos paramos a pensarlo, lo mismo sucede con el tiempo para amar. La cuestión, en realidad, es si decidimos regalarnos ese tiempo. Como con el tiempo que pasamos con quienes amamos, es una cuestión de prioridades.

Decidimos dejar de hacer otras cosas para disfrutar de nuestros seres queridos. Y por eso mismo, podemos decidir optar por leer en vez de hacer alguna otra cosa. Porque, párate a pensarlo por un momento, ¿realmente se va a hundir el mundo si, en vez de poner la colada ahora, la pones dentro de media hora? ¿O si en lugar de recoger hoy esa habitación a la que te da miedo entrar por si te ataca un cocodrilo albino oculto entre esa montaña de peluches, la recoges mañana? Total, el cocodrilo va a seguir allí… y los peluches, también.

Regálate ese ratito de lectura. Y díselo a ella, a esa persona que tanto te preocupa y por la que estás leyendo estos artículos. Conviértela en tu cómplice. “Mira, cielo, tenemos que recoger el lavavajillas, pero… ¿y si en vez de hacerlo ahora, lo hacemos dentro de un ratito y nos escapamos a leer un poco?”. Quizás te sorprenda su respuesta.

Al final del artículo, os propondré una actividad para hacer entre todas y todos que da resultados magníficos. Pero aguantadme un ratito más, que os quiero explicar otras cosas.

¿Dónde leer?

Probablemente habrás oído muchas veces que hay que buscar un sitio tranquilo, bien ventilado, que sea cómodo pero no en exceso, para que no te entre la modorra. Y todo eso está muy bien… cuando lees con el propósito de aprender algo. Pero aquí no estamos hablando de eso. Estamos hablando de leer por placer, de generar deseo de leer.

Te voy a explicar un secreto. Bueno, muy secreto no será porque ya te lo habrás imaginado. Mi casa está llena de libros. Pero de verdad, repleta. Cada vez que compro algo, mi pareja me pregunta “¿Y dónde lo piensas poner?”. Pero eso no pasa con los libros. Siempre encontramos un nuevo sitio para colocarlos.

Tenemos libros en el comedor, en el recibidor, en el baño, en el pasillo, en las habitaciones… Y hay libros empezados en todos esos sitios. Porque, ¿sabes?, cualquier sitio es bueno para leer. Ya hace muchos años que tengo la costumbre de leer varias obras simultáneamente. Y por eso tengo uno en el comedor, otro en la mesita de noche, un par siempre en el baño y hasta alguno en la cocina (que los estofados llevan su tiempo y hay que aprovecharlo).

Así que no le busques o prepares un sitio para leer. Deja que lea dónde más le apetezca, donde se encuentre más a gusto. Simplemente, intenta que tenga un mínimo de condiciones de luz (tampoco es cuestión de que se deje la vista) y deja que disfrute.

¿Cómo leer?

Cómo ya vimos en el primer artículo de esta serie, leer es un proceso neurológicamente complejo. Así que, si queremos que lea, busquemos que se den las condiciones para que se pueda concentrar en la lectura. Cuando veas que coge el libro, intenta bajar un poco la música o la televisión y enciende la luz, si la habitación está en penumbra. Pero no se lo digas, no lo hagas patente. Hazlo de manera casual. Si lo haces evidente, romperás la magia de ese libro en el que se acaba de sumergir, y tal vez tarde en regresar.

Pero eso sólo es necesario en las primeras etapas, mientras se enamora de la palabra escrita. Después te aseguro que será capaz de abstraerse hasta del ruido infernal del taladro del vecino que, como no, ha decidido ponerse a remodelar la casa justo el domingo a la hora de la siesta (es una ley universal, no luches contra ella, no hay nada que hacer: Los vecinos siempre deciden montar escándalo justo en el momento en que tú más necesitas la tranquilidad).

Y es que esa es una de las grandes magias de la lectura. Cuando ya sientes pasión por ella, tanto da si a tu alrededor se está desatando el apocalipsis zombie versión 2.0. Te pierdes en el libro y sales de él sintiendo y descubriendo cosas que antes ni imaginabas.

 

¡Que se pare el mundo! Un ejercicio de lectura familiar

Tal y como te prometía hace unas cuantas líneas, os voy a proponer un maravilloso ejercicio que puede ayudar mucho a que adquieran el deseo de leer y descubran el placer por la lectura. Es un ejercicio que llamo “¡Que se pare el mundo!”

Establece un momento al día en que todos estéis en casa. La familia al completo. Y en ese rato, dedica unos minutos a la lectura. Pero ojo, no solamente tú. Proponles que, como a ti te encanta leer y andáis todos muy liados con el trabajo, los deberes, los extraescolares, las cosas de la casa, etc. quieres tener unos momentos para leer. Pero que además, como son las personas que más quieres, quieres compartir ese momento feliz con ellas. Así que has decidido parar el mundo y regalaos unos minutos para leer.

Cada uno su libro, su cómic, su periódico, lo que sea. De manera individual, pero en la compañía más grata que podáis imaginar: la de la gente a la que más queréis. Ya acabaremos de hacer la cena después. Ya terminaremos los deberes dentro de un rato. Ya sacaremos al perro pasados esos minutos. ¡Que se pare el mundo! Queremos leer. 

Al principio, si no tienen costumbre de leer de manera individual, haz que sean 10 minutos. Luego ya lo iremos alargando. Que cada uno lea lo que quiera, en la postura que quiera, como quiera. Pero compartiendo el espacio y el tiempo. Y leed todos juntos. Si puedes, lo que sería ya absolutamente increíble, es que al finalizar ese rato y antes de volver cada uno a su quehacer, dedicaseis unos instantes a charlar sobre el libro que estáis leyendo o sobre el siguiente que planeáis leer. Incluso que os recomendéis unos a otros lecturas que os han apasionado.

Si hay algo contagioso es el amor y la pasión. Y cuando se comparten, entonces el resultado es abrumador.

A modo de resumen

El cuándo, el cómo y el dónde leer en realidad son secundarios. El secreto está en crear momentos, circunstancias y espacios que inviten a la lectura. Y, con ello, haceros unos a otros el maravilloso regalo del placer de leer.

¡Nos leemos!

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